lunes, 24 de enero de 2011

Superstición

Me levanté como todas las mañanas, cepillé mis dientes, me di una ducha con agua fría y en quince minutos ya estaba listo para ir a trabajar; pero me había propuesto dejarte.
Todo iba bien hasta la diez de la mañana, llegué a la oficina, preparé café y me dispuse a arreglar los pendientes del día anterior. Ingenuamente creí que el resto del día jugaría solitario.
Conforme iba revisando el trabajo atrasado encontré que no cuadraban los estados financieros de la pinche empresa, seguí leyéndolos y según los registros había más dinero del que manejaban los contadores. Pensé en ti, pero decidí que este mal rato no afectaría mis planes.
Mandé a llamar al jefe de contabilidad para que me explicara qué demonios pasaba, pero para mi desgracia el cabrón no se presentó a trabajar porque había muerto su abuelita: ¿Cuál pinche abuela? Para la edad que tenía el contador, me parecía que si su abuela vivía era por obra y gracia del espíritu santo.
Comencé a preocuparme y volví a pensar en ti —lo necesito — me dije, pero la pendeja de mi secretaria pensó que me refería al contador, así que trajo a uno de sus achichincles, bueno por lo menos había alguien que me pudiera explicar las ganancias de las cuales yo no había visto ni un centavo.
Llegó el auxiliar del contador y para aumentar mi estrés me confirmo que los cheques se habían depositado al número de cuenta que supuestamente yo había ordenado para que no me cachará hacienda.
Respiré profundo y dije todo tiene solución, así que mandé que me trajeran al chingao contador aunque para ello tuvieran que sacarlo de la greñas del funeral de su abuela.
No podía hacer nada, la respiración ya no podía tranquilizarme y prendí mi cigarro. Al final no pude dejarte…. De saber lo que ocurriría no hubiera dejado mi ritual.
Ahora debo pensar como chingaos voy a salir de esta, pero mientras me alegra no haberte dejado.

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